martes, 9 de abril de 2013

Demasiado humilde para ser Nobel.

En los últimos cuatro años me han preguntado cientos de veces por qué se llama Santiago mi hijo. Nadie de mi familia ni de la de mi mujer se llama así. Sin embargo, decidimos ese nombre, porque sea un nombre bonito. Nos gustó. No era común, pero no era raro. Y era español. De pura cepa.

Después, ese nombre ha ido cuadrando en diferentes sitios, y diferentes aspectos, que casualidad o no, han ido dando sentido a ese nombre.

Descubrimos que Santiago era el patrón del pueblo donde nació mi hijo, cosa que no supe hasta que me tocó inscribirlo en el registro. Y me topé con un Santiago que se convirtió en una de las personas de la historia que más admiro. El primer verdadero genio español. Don Santiago Ramón y Cajal. Si tuviera que elegir alguien que haga referencia ese nombre, sería, sin duda, a él.

Ramón y Cajal nació en un enclave navarro en Aragón a mediados del siglo XIX. En aquella época, Petilla de Aragón (que así se llamaba) tenía más o menos 500 habitantes. Nació en una familia humilde, de padre cirujano barbero de pueblo y obligado a viajar siguiendo los cambios de destino de su padre.

No fue demasiado buen estudiante, porque tenía demasiadas neuronas para la época, pero consiguió sacar adelante con esfuerzo sus estudios, hasta que en 1870 llegó a Zaragoza, donde se licenció en Medicina, en tres años, lo habitual de la época. Ya era, por tanto, un joven médico hijo de médico. Nada excepcional.

Pasó por la guerra en Cuba donde aprendió no sólo a combatir la enfermedad, sino a enfrentarse a la burocracia, pues la gestión administrativa era lamentable. Pero como buen aragonés, se buscó las vueltas hasta conseguir lo que deseaba. Consiguió aprender a luchar contra la burocracia, algo que sería muy importante tiempo después.

Y después volvió a Zaragoza, donde se recuperó y se doctoró en 1877, comprándose él mismo un pequeño microscopio, que le acompañaría después. Ya tenía decidido su futuro. Sería investigador y se dedicaría a la docencia. Intentó conseguir varias cátedras, hasta que consiguió en 1883 la Cátedra de Anatomía descriptiva de la Facultad de Medicina de Valencia. Allí pudo dedicarse lo que quería, hasta que, en 1888 pudo descubrir, gracias a su habilidad con las navajas que heredó de su padre y a cientos de cerebros de pollo, las neuronas. Algo que hoy es tan cotidiano fue descubierto por un español, por un Santiago y con un pequeño microscopio. Los medios propios de la investigación en España que aún hoy podemos ver. Pero el genio a veces sale. Y en este caso salió.

Y volvió a vencer la burocracia. En 1889 llevó su descubrimiento a un congreso a Berlín y allí fue aceptado mundialmente aceptado. En particular gracias a Heinrich Gottfried, un reputado médico alemán de la época que hizo dos gestos propios de un caballero. 

El primero fue que Santiago Ramón y Cajal consiguió que el Gottfried mirara por un microscopio que había preparado para contarle lo que había descubierto. Gottfried miró y escuchó atentamente y al acabar dijo: "Usted ha hecho un descubrimiento maravilloso, pero yo también he hecho otro: mi descubrimiento es usted". Desde entonces fueron colegas. Tras esto, el segundo gesto, aprendió español para poder debatir con Ramón y Cajal. Bien merecía el esfuerzo debatir con un genio.

Con el reconocimiento en Alemania, Santiago consiguió la cátedra de Madrid y se creó un Laboratorio de Investigaciones Biológicas en 1902, que dirigió hasta 1922, donde pasó al Instituto Cajal hasta su muerte en 1934.

En el año 1906, Santiago Ramón y Cajal recibió el Premio Nobel de Medicina, por sus investigaciones en el campo de la neurología. Recibió un telegrama a altas horas de la madrugada comunicándoselo y él, cuando lo leyó dijo: "esto es otra broma de los estudiantes" y siguió durmiendo. Al día siguiente era portada en todos los periódicos.

Pero ¿cómo podía ser Nobel un humilde médico rural? No era un médico rural. Era un genio. El primer genio científico español, al que no deberíamos olvidar nunca.

2 comentarios:

  1. José Manuel Serrano Valero10 de abril de 2013, 2:32

    Genial tu texto sobre Santiago Ramón y Cajal, Mafran. Impresionante la humildad de ese genio, que ni siquiera pensaba que podía ser Nobel y que creyó que el telegrama que le llegaba era una simple broma... Al final es verdad que los más grandes en cualquier faceta tienen en común eso: la humildad.
    Un abrazo y muchas gracias por este texto. Me gusta tu blog

    José Manuel Serrano

    ResponderEliminar